Noreen P.

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Estoy aquí, hoy, por un capricho. Nunca lo olvidaré, fue una pregunta simple que le hice a mi médico, y una simple respuesta que me salvó la vida. Hacía poco más de un año que había dejado de fumar un paquete por día durante más de treinta años. Cuando me iba del consultorio de mi médico, después de un control de rutina, supe que me tenía que hacer una radiografía de tórax, así que pregunté: “Oye, ¿es necesario que me haga la radiografía de tórax?”. Mientras fui fumadora, nunca habría pedido una radiografía de tórax, y mucho menos visitar al médico con regularidad. Mi médico respondió: “En realidad, el hospital está llevando a cabo un programa, para el que calificas, en el que hacen pruebas de detección de cáncer gratuitas que son más exhaustivas que las radiografías”.

Desde el consultorio del médico planificaron la cita y allá fui. Debido a mi historial de fumadora estaba ansiosa, por decir lo menos. La enfermera me tranquilizó y me dijo que era apenas una exploración por tomografía rápida. Ella me ayudó a subir y fue tal como lo describió: una exploración por tomografía rápida. Ella podía ver la preocupación en mi cara y en mi voz y me dijo que volvería apenas tuviera los resultados. Al día siguiente me llamó un médico que me dijo que la exploración por tomografía mostraba algo que necesitaba más pruebas. Simplemente supe que tenía cáncer y acepté mi destino esperando lo mejor. No podía dejar de pensar “Yo misma me hice esto”.

En síntesis, tenía cáncer de pulmón en estadio 1 y, seis semanas más tarde, me encontraba sobre una mesa de operaciones con una parte de mi pulmón extirpada. Tres días después volvía a casa, sin cáncer y sin necesitar quimioterapia ni radioterapia. Cuando llegué a casa encontré un concentrador de oxígeno y dos bombonas de oxígeno esperándome. Eso me preocupó. Me preocupaba que me hubiera dañado tanto los pulmones que un tanque de oxígeno sería parte de mi rutina diaria. Estaba decidida a hacer todo lo que estuviera a mi alcance para que eso no se hiciera realidad.

Recuerdo claramente el momento en que miré los 13 escalones que subían hasta mi dormitorio y pensé en qué habría pensado Edmond Hillary cuando miró al monte Everest: “Será difícil, pero puedo hacerlo”. Me saqué las cánulas de la nariz y empecé a subir. Tenía razón: fue difícil, y vaya si lo logré. Mientras estaba sentada en el escalón superior mirando hacia abajo, supe que podía con los escalones. Supe que tenía que reconstruir mi fuerza y, lo más importante, sabía que no iba a necesitar un tanque de oxígeno. Desde que di esos pasos, he montado atracciones de Universal Studios, he cantado en bares de Nashville, he cruzado montañas en el Monte Rushmore y he bailado en la playa en Jamaica.

Gracias a la prueba de detección del cáncer de pulmón no tengo cáncer y no solo sobrevivo: prospero.

Publicado por primera vez: 21 de diciembre de 2017